Trujillo, tierra de conquistadores.

Visitar Trujillo es hacer un viaje en el tiempo. Tiempo de caballeros, castillos, y grandes conquistadores…con semejantes señas de identidad no resulta difícil imaginar como este precioso pueblo extremeño puede llegar a entusiasmar a nuestros pequeños viajeros y sus afanados padres.

En este bucólico lugar, de donde partieron a América ilustres personajes, el pasado se respira en cada una de sus callejuelas. Y es que Trujillo bien merece una visita tranquila, a pie, recorriendo cada rincón, jugando con nuestros hijos a aventuras medievales, admirando cada palacio, cada monumento, sus iglesias, plazas y rincones. Porque cuando crees haberlo recorrido todo, en cada esquina surge un nuevo lugar que te dejará sorprendido.

Nosotros llegamos un día lluvioso de Semana Santa, y no teníamos mucho tiempo antes de que la lluvia arreciara. El recorrido lo comenzamos desde abajo, desde la Plaza Mayor, donde nos recibió la gran estatua de Francisco Pizarro y posiblemente la imagen más emblemática de Trujillo.

Desde el principio me planteé la visita al pueblo como suelo hacer cada vez que tengo oportunidad, como una clase de historia “en vivo” de las que se disfrutan, de las que se experimentan, historias de mercaderes, de artesanos, de herreros, las clases sociales, la nobleza y el clero… 

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Para todo eso Trujillo es un auténtico museo al aire libre, y si tenéis hijos con curiosidad por el pasado a buen seguro se convertirá en un día inolvidable. Pero además no podéis dejar pasar el complementar la visita con la parte lúdica, porque, a qué niño no le gusta jugar a ser caballeros y princesas, portar espadas y armaduras y vivir en un gran castillo. Podéis adquirir en alguna tienda de recuerdos una espada de madera e ir jugando con ellos mientras hacéis el recorrido.

Fue magnifico encontrarnos de repente rodeados de casas de grandes señoriales, palacios, antiguos hospitales y los bellísimos soportales…Os podría hacer una relación de todo lo que no os podéis perder en el ascenso por las callejuelas de Trujillo, la iglesia de san Martín, la multitud de palacios (de piedras albas, el de la conquista, la casa del peso real), las puertas de acceso a la ciudad y sus murallas… pero prefiero no saturaros a datos. Una breve visita a la oficina de turismo y un plano os resolverá en un minuto qué lugares no os podéis perder, pero lo verdaderamente mágico de este lugar es el recorrido por sus calles empedradas y la historia que emana de cada una de sus paredes.

Tras subir empinadas calles, yendo de sorpresa en sorpresa (personalmente me encantó una iglesia derruida que con la lluvia tenía un aspecto mágico), llegamos en la parte alta a la casa de Francisco Pizarro y el museo de la conquista, un lugar que os recomiendo visitar si tenéis hijos con pasión por la historia.

El premio final para los peques será, sin duda, el castillo, una gran fortaleza  testigo de hechos muy importantes de nuestro pasado, rodeado de una enorme muralla desde donde podremos disfrutar de unas vistas inmensas.

En el camino de regreso, bajando de nuevo hacia la Plaza Mayor nos llovió a cantaros. Sí, parece un inconveniente, no apto para padres algo aprensivos a los resfriados, ni para maridos con estómagos rugientes, pero bien protegidos como íbamos con nuestros chubasqueros, y armándonos de paciencia para no escuchar las quejas de Papá 2.0 disfrutamos a tope del olor a piedra mojada, la tonalidad gris de los edificios y la soledad de las calles. Todo ello hizo el regreso aún más impresionante. Sencillamente mágico.

Salimos indemnes, sin virus y con las pilas cargadas y para terminar, que mejor que reponer fuerzas de la enorme caminata y calmar los gruñidos de nuestro empapado papá 2.0 muerto de hambre en cualquiera de los mesones típicos de Trujillo.

Autor entrada: Mamá

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